Hola, soy Anne y lloró un chingo
Leo la inercia del silencio de Sara Búho y en simultáneo me asalta un pensamiento: yo aprendí a no llorar desde muy chica. Es interesante como el silencio de unos se refleja en la falta de palabras, y de otros en la falta de atención, la falta de interés, la falta de energía o incluso en la efusividad, en una gran sonrisa. En mi caso era la ausencia de llanto.
Hola, soy Anne
y de niña,
aprendí a llorar con pena.
Recuerdo un momento en específico, y siendo honesta, es más una mezcla de mi memoria, la de mi madre y el video casero que hace más de 10 años que no veo: mi cumpleaños #4.
Como era costumbre, mi madre organizaba LA fiesta infantil en la casa donde crecí como cada año. Una casa bellísima, de ladrillo rojo, techos altos, grandes ventanales por todos lados y un jardín. La mini explanada destinada a la fiesta infantil, léase el garage, plagada de niños y niñas, todos increíblemente bien vestidos: los calcetines con olanes, la camisita a juego con los zapatitos, plastas de gel y un sinfín de coletas. Un moño por acá, un tenis por allá, el suéter en la maceta y dulces sin terminar pegados al piso, la ropa y por qué no, a alguna que otra cabellera.
Comenzó el tan esperado show, todos sentaditos en sillas miniatura frente a un escenario de madera. Las mamás aprovechan el descanso para recobrar fuerzas y poder seguir con la plática después de lo que promete ser un gran evento. Se ve a los niños reír y gozar el espectáculo hasta que yo, simplemente dejé de hacerlo.
El inicio del fin
un show de títeres
la ópera prima preferida del abuelo G
Pagliacci
Acto 1: aparece un payaso de madera con una cara muy triste.
(Se me ve confundida)
Acto 2: el payaso comienza a cantar "Ridi Pagliaccio".
(Se me ve sorprendida, y no necesariamente de buena manera)
Acto 3: el payaso llora, de sus ojitos brota un chorrito de
agua disparado que hace reír a todos.
(Se me ve muy angustiada)
Los niños ríen, el payaso canta,
el payaso llora,los niños ríen.
Yo lloro.
Acto final: mi mamá pasa la cámara a alguien y corre a recoger
a la cumpleañera y explicarle que el payaso está bien.
(Entre risas)
Decir que fue justo ahí en ese momento en que dejé de llorar sería injusto, pero en algún momento entre mis 8 y 11 años confirme que llorar no era bueno. Aprendí que, si había algo a que temerle, además de a las arañas, era a mostrarse vulnerable. Aprendí que las lágrimas daban pie a bromas, risas y señalamientos. Aprendí que una podía ser llamada ridícula, exagerada, tanguera. Aprendí, además, que de todas las cosas por las cuales me criticaban en ese entonces - que si gorda, que si lenta, que si mis cachetes redondos y mi pelo corto, que si aún no tenía la regla - el adjetivo de chillona era de los pocos que yo podía controlar. Así que un día, así sin más, dejé de hacerlo.
Sí, soy yo apunto de romper en llanto en otra fiesta de cumpleaños. Aún al día de hoy mantengo este pequeño hábito.
Así como no tengo muy claro cuando dejé de llorar, tengo clarísimo cuando volví a hacerlo. Tenía 22 años, era el velorio de mi abuelo H y lloré en público. Toda la familia y amigos reunidos, dando el pésame a la abuela y en cuestión de segundos algo hizo click, forzándome a salir disparada, sentarme en la banqueta fuera del recinto y
llorar
y llorar
y llorar
Con la muerte de mi abuelo y cual niña de 4 años frente a un títere de madera desolado, se desató un río de emociones contenidas lideradas por la opresión en el pecho que acompaña la pérdida de un ser querido. Esas ganas de tenerlo cerca de nuevo, de olerlo, de escucharlo endulzar su café pegando su cuchara con fuerza en cada centímetro del borde de su taza. Verlo desayunar su pan tostado todas las mañanas y compartir nuevamente un domingo de "Hot Cakes a la Opa". La receta secreta: chingos de mantequilla y a escondidas de la abuela obviamente.
Hoy, en cada lágrima - de risa, de nervios, de coraje, de tristeza, de emoción, de dolor, de alegría - se cuela el recuerdo de mi abuelo con su chaleco verde tipo suéter y su sonrisa gigante.
Mi abuelo me regresó mi llanto, me regreso a mi centro y se quedó conmigo para siempre.
Hola, soy Anne
río fuerte, desde chica
siento mucho, desde siempre
lloro un chingo, desde entonces.
Nota: al día de hoy y con 34 años, me sigue dando una tristeza enorme ese acto de títeres. Algún día iré a ver esa ópera a un teatro, recordaré a mi abuelo G a través del arte y recordaré a mi abuelo H a través de mi llanto. Porque sí, si voy a llorar.