Crónica de amor propio #2

Del cuerpo, los miedos y una misma

Hace un año decidí anotarme a una clase de prueba de Pole. Salir de mi zona de confort. Ponerme al tú por tú conmigo misma, con esos límites aprendidos y auto-impuestos derivados de una talla, de un tipo de cuerpo. 

Y con eso, la esperanza de ganar esta batalla cuyo inicio no recuerdo: el bullying en clase de deportes, la primer dieta en 5to de primaria, la abuela y sus comentarios sobre mi cuerpo (porque ningún hombre quiere a una mujer gorda y había que aprenderlo desde chiquita), los apodos de “cariño”, la ida a comprar ropa y nunca conseguir de tu talla, aprender a esconder todo aquello que no debe verse: las lonjitas, los rollitos, el exceso. No, no, que Anne no vaya. No, no, tampoco las marometas. No, no, la rebanada de pastel mas pequeña. No, no, que luego no conseguimos ropa. No, no, que la cara redonda. No, no, que a este paso se queda para vestir santos. 

Llegué a esa primera clase cargando con el peso de mi propio cuerpo y el de todas mis inseguridades. Llegué 5 minutos antes y en la esquina frente al estudio paré en seco. ¿Qué voy a hacer cuando tenga que usar shorts pequeñitos? ¿Y cuando empiece a necesitar más piel? ¿Cómo voy YO a entrenar en top? ¿Qué van a pensar? ¿Qué van a decir? ¿En qué momento pensé que podría hacer esto? ¡Qué esperanzas que algún día pueda yo colgarme así, de cabeza! El pole no es para gordas, el pole no es para mí. ¿Qué estoy haciendo aquí? Al borde de un ataque de ansiedad me acorde de respirar, un pasito a la vez, me dije. La clase inició con veinte minutos de calentamiento para pasar a cuarenta minutos de puras figuras básicas. Cargarme no fue problema, al menos no aún, el box, el spinning y el entrenamiento funcional del último año habían rendido frutos claramente. Pero, ¿qué pedo la fricción del pole contra la piel? Eso sí que fue una sorpresa (el moretón del día siguiente no, claramente).

Entré a esa clase de prueba, sin saber qué esperar y no volví a mirar atrás.

Adolorida y emocionada, salí de esa primer clase con la convicción de que acababa de encontrar mi nuevo campo de batalla.

El primer mes fue desafiante, MUY. Pole es un deporte que requiere fuerza, flexibilidad, movilidad, coordinación, ritmo, en fin, todo en un mismo momento. Me exige una consciencia corporal que no había necesitado para correr, ni en pilates, ni en box, ni en flamenco: una mano te carga, la otra te empuja, una pierna adorna, la otra te detiene, el agarre en copa, la mano en segunda, side level, elbow, la corva bien apretada, la pierna bien estirada, arquea la espalda, saca las pompis, separa el ombligo del tubo, suelta las manos y aprieta las piernas, cárgate, invierte, PUNTAS. Lo más importante, aunque siempre después de no morir en el primer intento: apuntar los pies.

Llegó el tan temido día de entrenar sin playera, de comprar shorts pequeños.

Llegó el día de necesitar mi piel para poder detenerme, para sostenerme, para cuidarme, para no caer.

Llegó el día de verme en el espejo durante una hora completa rodeada de más personas, rollitos, cicatrices y juicios al descubierto. Todas aprendiendo lo mismo, vistiendo lo mismo, y yo, enfrentando mis miedos.

Llegó el día de tener que abrazarme para poder sostenerme, confiar y dejar que el tubo, mi cuerpo y la gravedad hicieran el resto. 

Hoy la batalla continua, pero desde un lugar distinto. Hoy admiro mi cuerpo y le exijo desde un lugar de cariño, de agradecimiento, de apapacho, aunque también de desafío, de fortaleza, de crecimiento. Si hay algo que he aprendido en mi nuevo lugar seguro, es que hay días en los que todo sale bien y a la primera, hay días en los que todo sale, así a secas, y hay días en los que nada sale, y duele, y está bien. Hoy, después de mucho tiempo y un sinfín de intentos de encontrar ese amor propio imperturbable e idealizado, vivo en un cuerpo, que a pesar de que aún carga dudas, estereotipos, juicios, miedos y un chingo de fantasmas, es un cuerpo fuerte y bello y mío. Entendí que el amor propio inicia con la aceptación y desde el presente, desde lo que soy, habitarme a mí y no a la mujer que otros esperan, piden, desean que sea, incluso y especialmente en esos días en los que el reflejo en el espejo amenaza con soltar el primer golpe. He aprendido a escuchar mi cuerpo como nunca antes, a entenderlo, a darle lo que necesita y a entrenar por gusto, por el disfrute, por ser más fuerte, no para cambiarme nada y mucho menos para agradarle a nadie. Si eso no es un gran paso, si eso no es amor propio, no sé que lo sea. 



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